lunes, 9 de noviembre de 2009

La tecnología inalámbrica llevaba la muerte

Hace casi quince años fui de los primeros en llevar móvil en España, cuando las llamadas eran escandalosamente caras, cuando Moviline (Telefónica) era la única compañía de telefonía móvil y cuando el aparato pesaba casi medio kilo, no tenía pantalla, había que estar 12 horas cargando la batería, para que sólo tuvieses otras 12 horas de autonomía, y además, la batería se iba degradando rápidamente.

Hoy en día hasta los niños tienen teléfono móvil, y no teléfonos propiamente dichos, si no auténticas maravillas que se acercan a las capacidades de un ordenador y de una cámara de fotos o de vídeo. Algunos llevan varios móviles (como yo) y hay quien duerme con él. Muchos ya han quitado la línea convencional de teléfono, sustituyéndola por la del teléfono móvil.

Hoy día se hace inimaginable la sociedad sin este invento tan "necesario", que ha cambiado la vida de miles de millones de personas en todo el mundo, donde estar comunicado es fundamental, especialmente en el trabajo.

El teléfono móvil es algo tan habitual hoy en día como pueda serlo un reloj, e incluso el teléfono también define el status quo o el nivel del que lo porta en la sociedad, desde el básico de andar por casa, hasta el más friki, el más elegante o el más caro. No es exagerado ni raro ver discutir por un determinado teléfono móvil, y hay teléfonos que marcan tendencias, modas y clases, como puede ser el iPhone, que despierta asombros y envidias, como si de un BMW o Ferrari se tratara.

Pero tras esta revolución tecnológica se encuentra un prólogo hacia un genocidio encubierto. No lo digo sin datos, y lo trataré de mostrar en este post.

En su día, esto que está ocurriendo con el móvil, ocurrió también con el tabaco. Así, fumar era un reclamo para entrar en el club de la gente guay, de los machotes, de los intelectuales, de los que tenían suerte y todo les iba bien, del estilo, de la moda... Pero durante más de 50 años se encubrió un genocidio que iba matando poco a poco al individuo, en hornadas de millones de personas cada año. Se iba denunciando, pero la industria por un lado (defendiendo sus intereses, y con la morbosidad de añadir más veneno y atrayendo con sus campañas a más y más ingenuos) y los gobiernos por otro (por intereses económicos, obviamente), fueron encubriendo todo ello, hasta que la salud pública se hizo insostenible y los moribundos comenzaron a denunciar en su lecho de muerte.

En 1993 (hace ya 16 años), un hombre llamado David Reynard, denunció en el programa de Larry King a un fabricante de teléfonos móviles, acusándo a esta compañía de provocar el cáncer cerebral que acabó con la vida de su mujer. Obviamente, todo se acalló, y aquello no llegó a nada, a pesar de que llegó al congreso de Estados Unidos, y los miles de estudios que demostraban la seguridad de los móviles no aparecieron. La industria aseguró que no había peligro para la salud, debido a que la baja frecuencia de sus aparatos no producían efectos térmicos importantes.

Más adelante, bajo las presiones recibidas, ese mismo año la industria tuvo que abrir una investigación, y para ello contrató al doctor George Carlo, afín a los intereses de la propia industria (fue muy controvertido), para que se acallaran de una vez las acusaciones y disipar las dudas sobre los efectos sobre la salud de las antenas y emisiones. Esta investigación se financió con 28 millones de dólares, y tuvo a 200 científicos de todo el mundo. Se denominó Wireless Technologies Research (WTR o Investigación sobre las Tecnologías Inalámbricas).

Pero el tiro les salió por la culata, o, mejor dicho, el doctor George Carlo les salió rana. Porque durante la investigación, este doctor descubrió que no sólo los efectos térmicos afectaban a la salud humana, y estas tecnologías eran un cúmulo de elementos subversivos que socaban la salud. A medida que iba investigando, las diferencias entre George Carlo y la industria fueron haciéndose cada vez más evidentes.

Lo primero que descubrió fue el efecto de las interferencias que tenían los teléfonos móviles sobre los marcapasos, lo que costó que se interrumpiera la financiación durante nueve meses.

En 1999 George Carlo, durante el Estado de la Ciencia, ante más de cien científicos y periodistas, expuso el resultado de sus investigaciones sobre el campo de las tecnologías inalámbricas. Aquella exposición no gustó nada a la industria, pues se puso la irresponsabilidad en cuanto a la medición de las ondas, los efectos sobre la salud y la valoración de los riesgos y la información a los usuarios. La industria le reprochó por qué había hablado así cuando ellos le habían pagado tanto dinero. A esto, George Carlo respondió: "Yo me tomo mi trabajo muy en serio. El dinero no tiene nada que ver con esto".

En octubre de 1999, George Carlo envió cartas a 30 compañías exponiendo los resultados de sus investigaciones:
- Mayor índice de muerte por cáncer cerebral entre los usuarios que utilizan el teléfono pegado a la oreja que aquellos que usan manos libres.
- Mayor riesgo de neuroma acústico (tumor en el nervio auditivo) en aquellos que han usado el teléfono pegado a la oreja durante más de seis años. La relación entre el tiempo de uso y el tumor, es manifiesta.
- Riesgo a padecer tumores epiteliales raros estimado en más del doble.
- Correlación en la proporción de casos de tumores en el lado derecho de la cabeza (por el uso normal del teléfono en ese lado).
- Resultados positivos en laboratorio en daños genéticos debidos a la radiación de las antenas.

George Carlo recibió amenazas, al igual que su familia, e incluso una de sus casas fue incendiada adrede.

La industria ha acallado cualquier investigación que repercuta en los intereses millonarios de su suculento negocio. Asimismo, la industria repite una y otra vez que no hay ningún peligro ni hay prueba de ello, con el único interés de vender más y más. Pone en marcha campañas de desinformación. Cada vez sacan cosas más atractivas a los usuarios para que compren su producto. Cada vez más hay más modelos en menos tiempo, con características cada vez mejores, con el mensaje claro de "si no lo tienes eres retrasado y vives en el pleistoiceo". Y, lo peor de todo, es que también se lanzan mensajes para que los niños tengan estos aparatos, cuando su cerebro está en fase de desarrollo y absorben más las radiaciones de microondas.

Las investigaciones han seguido (y siguen hoy en día), y se extienden también a las Wifi y al bluetooth, que se han extendido de forma alarmante en nuestro planeta. El campo científico aborda ahora la electro-hipersensibilidad de las células, que provocan el cambio genético de las células, la mitosis, y por ende el cáncer. También se ha descubierto que el efecto sobre los cerebros de los individuos menores de 21 es mucho mayor que en los adultos, especialmente en los niños. En un adulto, la radiación penetra unas dos pulgadas, pero en los niños afecta a todo el cerebro.

Las recomendaciones son tener un teléfono lo más alejado de la cabeza y del cuerpo, usando para ello manos libres (a ser posible con cable). Para las comunicaciones informáticas, lo mejor son las conexiones por fibra óptica, y en caso de comunicaciones aéreas, que éstas sean de corto alcance y corta potencia.

En agosto de 2009, se hizo un sencillo estudio sobre los efectos del teléfono móvil en la sangre. La persona que lo hizo, estuvo más de 24 horas sin utilizar un teléfono, y luego fue sometido al uso del mismo.

El resultado fue el siguiente:

- 17 minutos: Células rotas. Redimensionadas. La degeneración comienza rápidamente (lo normal sería después de 110 días). Las células envejecen muy rápido.
- 30 minutos: Las células se deshacen. No se mueven. No llevan oxígeno. Posiblemente el hierro se ha magnetizado.

El estudio fue grabado en vídeo y publicado en YouTube:



El siguiente vídeo es una conferencia que dio el doctor George Carlo. Tened paciencia, pues aunque dure casi 40 minutos, no es nada aburrido, y este señor es una delicia escucharle exponiendo datos científicos de forma tan sencilla que hasta un niño lo entendería. Explica muy bien todo el proceso interno de las células y cómo reacciona ante las ondas electromagnéticas y sus implicaciones. No tiene ningún desperdicio.



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